Un
país perdura en las palabras que salva Toda época inventa una superstición que
acaba por gobernarla. La nuestra, acaso, sea que sólo existe de verdad aquello
que puede medirse. Medimos lectores, ejemplares, funciones y reproducciones.
Medimos la velocidad con que una obra circula y el tiempo que tarda en ser
olvidada. Corremos el riesgo de confundir la cifra con el valor. La cultura
pertenece a otro orden del tiempo. Un libro puede demorarse años en encontrar a
su lector. Una frase perdida en una biblioteca puede atravesar generaciones. La
escritura fue una de las primeras rebeliones contra la desaparición. Antes de
ella, la palabra moría con la voz. Después pudo viajar, esconderse, esperar.
Cada libro es un objeto inanimado que nunca deja de moverse. El espíritu de la
Ley 25.542, sancionada en 2002, fue reconocer esa complejidad, fue admitir que
un país que sólo conserva aquello que obtiene una respuesta rápida confunde
rentabilidad con riqueza. Hay bienes cuyo valor aparece con el tiempo y no
coincide con su éxito inmediato. La función del Estado no consiste en decidir
qué merece perdurar, sino en trabajar para los ciudadanos, incluso los que aún
no nacieron. Ninguna época debería convertir sus límites en herencia.
“/Desregular/” suena a una puerta que se abre. Pero puede ocultar la
eliminación de las condiciones que permiten que una obra encuentre quien la
publique, llegue a una librería y se encuentre con su lector. El /Anteproyecto
de Ley de Desregulación/, del pasado 6 de julio, conserva palabras nobles
—fomentar, proteger, promover, garantizar—, pero elimina instrumentos
destinados a convertirlas en hechos. No existe política cultural si desaparecen
la participación, las políticas federales, los programas de lectura y los
mecanismos de promoción. La Ley 25.542 no dispone que un funcionario decida
cuánto debe costar un libro. Establece condiciones equivalentes en todos los
puntos de venta. Los grandes operadores pueden vender un éxito por debajo de su
margen y esperar. Una librería independiente vive de la novedad y del fondo,
del nombre reconocido y del autor aún no descubierto. Una librería es el lugar
donde alguien entra buscando un título y sale descubriendo otro. Es una memoria
organizada por lectores, una antena cultural, una recomendación que ningún
algoritmo habría formulado. El algoritmo recomienda lo que ya se vende; el
librero, lo que todavía no encontró a su público. Cuando desaparece una
librería se pierde una forma de circulación del pensamiento y se estrecha el
horizonte del lector. Una editorial independiente puede sostener durante años
una voz que aún no es rentable y llevarla a escuelas, bibliotecas, ferias y
comunidades alejadas. Si después llega el reconocimiento, parecerá que el
mercado acaba de descubrirla. Pero alguien la sostuvo cuando no estaba mirando.
Ese trabajo silencioso constituye la infraestructura invisible de nuestra
cultura. No figura en las listas de ventas, pero decide qué memoria tendremos. Argentores
toma la palabra porque quienes escribimos para distintos lenguajes y
plataformas no habitamos un territorio separado del libro. Toda escena nace en
una lengua alimentada por lecturas, bibliotecas, traducciones, docentes,
editoriales y librerías. No es casual que el mismo anteproyecto proponga
derogar la protección de la industria nacional del doblaje. En ambos casos, la
palabra es considerada un costo que puede reducirse o contratarse en otra
parte. Pero una voz es trabajo, identidad, conocimiento y pertenencia. Las
leyes deben actualizarse. El comercio digital, las nuevas formas de lectura y
las plataformas lo exigen. Pero actualizar no es destruir. Hace falta un debate
público, federal y transparente, construido con los autores y no a pesar de
ellos. Detrás de cada artículo hay personas. Una derogación deja de ser técnica
cuando cierra una librería. Una promesa de competencia deja de ser libertad
cuando reduce el número de voces capaces de llegar al público. Un país se
vuelve ilegible cuando decide que sólo merece leerse aquello que se vende
rápido. La libertad no consiste en que el más poderoso tenga margen para bajar
un precio. Consiste en que nadie pueda comprar el silencio de los demás. *
julio 24, 2026 Facebook Twitter WhatsApp Sede Argentores Pacheco de Melo 1820
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